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El boom hidroeléctrico de Panamá destruye ecosistemas y amenaza el estilo de vida rural

Arriba: Hna. Edia “Tita” López es una visitante frecuente en el campamento Ngäbe contra la presa Barro Blanco en Panamá, una de las muchas iniciativas de resistencia que ella ha apoyado contra las represas. (Cortesía de Hna. Edia López)

Por Tracy L. Barnett
Para Global Sisters Report
Traducido por Angélica Almazán

La Hna. Edia “Hermana Tita” López estaba trabajando como una Hermana de la Misericordia, buscando las mejores maneras de servir a los pobres y marginados de la Parroquia de La Concepción en el extremo occidental de Panamá, cuando le llegaron noticias de un plan que dejaría a muchos de ellos aún más pobres.

Trabajó con la comunidad Vicentina de la zona en 2005 cuando escuchó sobre una “consulta pública” en el pueblo de Volcán, y ella junto con otros religiosos fue a ver de qué se trataba. Se sorprendieron al saber que una empresa planeaba construir 11 presas hidroeléctricas en el río más grande de la zona, el Río Chiriquí Viejo.

Una vez conocido por sus espectaculares rafting en agua blanca y exuberantes bosques ribereños llenos de vida silvestre, Chiriquí Viejo era una joya neotropical. A lo largo de sus riberas, los agricultores producían gran parte de los productos que alimentan a la nación. López estaba alarmada.

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“Nos dimos cuenta de que no se trataba de una presentación de un proyecto, sino de una consulta — pero no fue una consulta”, dijo. “Así que hicimos preguntas — ¿qué puede hacer la comunidad para detener el desarrollo de este proyecto, que iba a tener graves efectos sobre nuestra agua?” Se les dijo que el estudio de impacto ambiental había sido aprobado, y cualquier persona que quisiera registrar su oposición tendría que presentar una demanda dentro de los siguientes 15 días.

Fue así que López fue atraída por una lucha que ha sido un tema constante en su vida y la de muchos otros en Panamá y en otras partes de América Latina. El desarrollo hidroeléctrico ha explotado en los últimos años a medida que las necesidades energéticas de la región han aumentado y el terreno montañoso y rico en ríos que ha sostenido a poblaciones indígenas y campesinas durante milenios ha sido explotado como fuente de la llamada energía “verde”.

Hna. Edia “Tita” López ha sido una presencia constante en la lucha contra las represas hidroeléctricas en Panamá desde el 2005. (Tracy L. Barnett)
Hna. Edia “Tita” López ha sido una presencia constante en la lucha contra las represas hidroeléctricas en Panamá desde el 2005. (Tracy L. Barnett)

Muchos de los proyectos se concentran en Chiriquí, y una serie de proyectos se han convertido en puntos focales de feroz resistencia — como el pueblo de Paraíso, cerca de donde López trabajó una vez, y la represa de La Cuchilla, que atrajo la oposición de miles.

Las represas hidroeléctricas se han utilizado como una estrategia para acelerar el desarrollo en las zonas rurales de Panamá desde la época del dictador militar Omar Torrijos, que inundó 350 millas cuadradas de Embera y Kuna en 1976 con la presa de Bayano de 260 megavatios. A nivel mundial, han desplazado entre 40 millones y 80 millones de personas, fragmentado dos tercios de los ríos del mundo, destruido ecosistemas enteros y producido toneladas de uno de los gases de efecto invernadero más potentes, el metano, a causa de la vegetación podrida.

Mientras que en Norteamérica se están desmantelando presas hidroeléctricas y restaurando ríos, muchas continúan siendo construidas en los países en desarrollo, impulsadas en parte por recompensar con bonos de carbono como una supuesta mitigación  para proyectos generadores de carbono en otras partes.

López y otros de su parroquia comenzaron a analizar los efectos de las represas hidroeléctricas en las comunidades y ecosistemas locales y lo que encontraron fue alarmante. Ella y varios otros de la comunidad entraron en acción. Formaron un grupo — la Coordinadora del Equipo Misionero de La Concepción para la Defensa del Medio Ambiente y Ecosistemas (CEMCODE) y encontraron un abogado para presentar una demanda.

Perdieron el caso, pero la Misión de La Concepción hizo de la cuestión una prioridad y siguió luchando, organizando reuniones educativas sobre los efectos de las represas hidroeléctricas en las comunidades afectadas.

Presentaron demandas, pero perdieron una apelación tras otra. Al final, las presas fueron construidas y los efectos que López y sus colegas temían comenzaron a ser evidentes.

Cuatro comunidades se vieron gravemente afectadas, dijo López, comenzando con los efectos sociales de una gran fuerza laboral de hombres solteros en un pueblo pequeño.

“Las familias se dividieron en el área, hubo mucho divorcio, proliferó la prostitución, las chicas campesinas se iban cuando los trabajadores vinieron a montar las presas”, recuerda López. “Hubo efectos terribles en la población”.

Los efectos sobre la tierra pronto también se hicieron evidentes. “Río Chiriquí Viejo: un tesoro perdido”, escribió un columnista. El río estaba fragmentado; las áreas que una vez fueron abundantes con muchos tipos de peces ahora estaban casi secas. Los afluentes y manantiales con que los agricultores habían contado una vez para regar sus campos se secaron también, haciendo la agricultura difícil en algunas áreas e imposible en otras. Los niveles en los pozos locales cayeron precipitadamente durante la estación seca. La incipiente industria del ecoturismo se ahogó.

Miembros de la Coordinadora Bugabeña en su habitual lugar de reunión, la Parroquia de la Inmaculada Concepción, en La Concepción, Panamá. (Tracy L. Barnett)
Miembros de la Coordinadora Bugabeña en su habitual lugar de reunión, la Parroquia de la Inmaculada Concepción, en La Concepción, Panamá. (Tracy L. Barnett)

Particularmente irritante era que incluso en las ciudades, a las que se había prometido abundante agua y electricidad de las presas, había frecuente escasez de ambas.

“Nos tocó tomar testimonios y como se puede imaginar, es un proceso de muchos años”, dice López. “Dejamos de presentar demandas porque la corte también está corrupta, se compra, no íbamos a ganar nada”.

En 2010, se enteró de la lucha de la Comarca Ngäbe-Buglé, o territorio autónomo, donde se desarrollaba una batalla contra la explotación minera e hidroeléctrica en la Comarca. El Pueblo Ngäbe respondió con una fuerza que inspiró la esperanza y la energía en un movimiento cansado, ella dijo. Se trasladó a la Comarca -sólo a unas horas de distancia y aún parte de la provincia de Chiriquí, pero todo un mundo distinto culturalmente – y pronto se encontró una vez más en la línea de frente de una batalla que llegó a la conciencia internacional cuando en Febrero del 2010, miles de resistentes en su mayoría indígenas bloquearon carreteras en todo el país y la policía antidisturbios respondió con vigor. (Ver “Un muro en su río.”)

Después de una confrontación policial particularmente violenta en la que dos personas murieron, López ayudó a organizar un grupo de búsqueda para encontrar los cadáveres de las personas desaparecidas. Afortunadamente, no hubo más bajas. En el apogeo de la lucha, recuerda, comenzó a ser seguida por un coche con ventanas oscuras, y sospechaba que su teléfono estaba siendo intervenido.

La presa La Cuchilla fue construida en el río Macho del Monte a pesar de las protestas de miles, y las alguna vez fuertes corrientes del río han sido reducidas a un hilo de agua  (Tracy L. Barnett)
La presa La Cuchilla fue construida en el río Macho del Monte a pesar de las protestas de miles, y las alguna vez fuertes corrientes del río han sido reducidas a un hilo de agua  (Tracy L. Barnett)

Nada de esto le hizo retroceder y elegir otra línea de enfoque. –Al contrario -dijo ella con una risa desafiante-. “Me dan ganas de dejar a un lado otras cosas que toman tiempo de esto para dedicar más tiempo a apoyar a la gente en la resistencia. Deseo que como hermanas podamos dedicar más tiempo a este tema, que nos toca, porque los más afectados son los más pobres. Y si queremos acompañar a los más pobres, debemos estar preparados para acompañarlos en la resistencia.

“Y esa es la llamada. Es para la vida – es para que otros tengan vida, como Jesús dijo en el Evangelio; Vino para que tuviéramos vida y vida en abundancia. Y este sistema no apoya la vida; Es un sistema que mata, como dijo el Santo Padre. Es un sistema de muerte. Y ahora estamos viendo los efectos de un sistema de muerte. ”

La historia se repite

La Concepción, centro municipal del distrito de Bugaba, en Chiriquí, es el hogar de la Parroquia de La Inmaculada Concepción, donde las palabras de San Vicente de Paul están pintadas en el muro: “Los pobres son mi carga y mi dolor”.

Este fue el centro neurálgico de CEMCODE, y ahora lo es de la Coordinadora Bugabeña Contra las Hidroeléctricas (Comité de Coordinación para el distrito de Bugaba), el lugar donde López alguna vez trabajó, y el Padre  Vicentino Eric Obaldia continúa. Fue aquí donde se organizaron las marchas de hasta 5,000 personas contra la presa de La Cuchilla aguas arriba en el río Macho del Monte, y donde se consolidó la resistencia contra la presa del Río Piedra llamada La Chuspa, y otras más.

“Si el Estado permite que la oposición triunfe, están creando un precedente para que otras personas luchen. Así que la posición del estado fue: “Vamos a cerrar la hidroeléctrica en un lugar diferente, pero no el tuyo”, dice Obaldía.

Chiriquí produce entre el 60 y el 80 por ciento de la comida en Panamá, y la decisión del gobierno de vender los derechos del agua en los ríos de la región constituye una seria amenaza para la soberanía alimentaria en toda la región, dice Obaldía – que define como la capacidad de una población para producir su propia comida, opuesta a la seguridad alimentaria, lo que significa importarla. Las comunidades, el medio ambiente y los agricultores deben tener los primeros derechos al agua, dijo, pero de hecho, la empresa tiene derecho al 90 por ciento del agua, con sólo el 10 por ciento dedicado a la comunidad, la agricultura y el medio ambiente.

Sabdi Granda, a la izquierda y Damaris Sánchez contemplan la represa que recientemente fue terminada sobre el río donde sus familias antes hacían días de campo y nadaban. (Tracy L. Barnett)
Sabdi Granda, a la izquierda y Damaris Sánchez contemplan la represa que recientemente fue terminada sobre el río donde sus familias antes hacían días de campo y nadaban. (Tracy L. Barnett)

Una mañana de marzo un grupo diverso de miembros del comité se reunieron en la iglesia – campesinos, amas de casa, profesionales, jubilados. Estaban allí para compartir sus historias y su indignación. Dos años de intensa organización contra la presa de La Cuchilla habían quedado en nada. La presa había sido construida en el poderoso río Macho del Monte justo aguas arriba de su nueva planta de tratamiento de agua, la que habían presionado durante años de aguantar servicios de agua poco fiables. Ahora les preocupa que haya más escasez de agua o mala calidad de ésta como resultado de la represa.

Mavis Espinoza, una elegante mujer jubilada, explicó cómo su familia se había ofrecido a donar una hectárea de su tierra para construir la planta; terminó requiriendo tres hectáreas, pero ella las había dado con mucho gusto, dijo, porque la comunidad necesitaba desesperadamente el agua.

La planta estaba terminada al 90 por ciento cuando el subsecretario de IDAAN (Instituto de Acueductos y Alcantarillados Nacionales), la agencia federal responsable de acueductos, represas y alcantarillado, llegó a la ciudad para anunciar dos represas hidroeléctricas río arriba, una inmediatamente encima del suministro de agua para la planta de tratamiento.

“Estábamos llenos de cólera”, dijo. “No pudimos entender la razón de esta contradicción cuando el agua en una planta de tratamiento de agua es primordial para la salud de los habitantes”.

Contactados para una entrevista, el departamento de relaciones públicas de IDAAN respondió que los asuntos ambientales debían ser dirigidos a MiAmbiente, la agencia ambiental. MiAmbiente no respondió, así como tampoco lo hizo ASEP, la agencia federal de servicios públicos.

Como lo hizo López una década antes, el Comité Coordinador entró en acción, presentando protestas ante los organismos competentes, interponiendo una demanda, organizando una marcha que atrajo a 5.000 personas. La presa fue construida de todos modos.

La planta tratadora de agua comenzó a operar en Agosto pasado pero ha sufrido numerosos problemas. En Septiembre fue obstruida por sedimentación y escombros a consecuencia de las fuertes lluvias y fue cerrada, dejando a miles de personas sin agua. El presidente Juan Carlos Varela fue personalmente a inaugurar la planta el 17 de Marzo y estaba fuera de servicio por la rotura de una válvula de control.

Damaris Sánchez, la estudiosa dirigente de FUNDICCEP, una iniciativa de desarrollo sostenible en la ciudad de Cerro Punto, en el norte de Bugaba, cargó a un grupo en su camioneta y se dirigió a inspeccionar el daño. Habían pasado varios meses desde que ella y Sabdi Granda, presidente del Comité Coordinador, habían vuelto a ver la presa.

Su grupo había estado ocupado luchando en 2002-2004 contra una propuesta de autopista por el Parque Nacional del Volcán Barú, dijo – lo cual ganaron – pero cuando salieron de esa lucha, encontraron que el gobierno había entretanto entregado concesiones para construir docenas de presas en los ríos a lo largo de la zona. Sólo se dieron cuenta cuando las empresas comenzaron a venir a las comunidades para anunciar sus proyectos. Ella y otros preocupados por la represa se prepararon para una nueva batalla.

Una manta en el campamento de protesta en Paraíso muestra las 69 represas que operan actualmente, las que están en construcción y las que están en fase de planeamiento en Chiriquí. (Tracy L. Barnett)
Una manta en el campamento de protesta en Paraíso muestra las 69 represas que operan actualmente, las que están en construcción y las que están en fase de planeamiento en Chiriquí. (Tracy L. Barnett)

“Los proyectos venían con una cantidad de promesas a la población y con argumentos del gobierno diciendo que Panamá está creciendo, que se está desarrollando, que se necesitaba energía, que se iba a acabar y nos podíamos quedar sin luz. Y ese temor más las promesas provocaron que ese proyecto se viera como una necesidad de interés nacional.”

Tan sólo en la provincia de Chiriquí se entregaron 72 concesiones para proyectos hidroeléctricos, de los cuales 34 han sido instalados hasta la fecha.

“Quienes todavía se instalan se les permite hacerlo, cerca de dos docenas más siguen en construcción, a pesar de la degradación de las cuencas hidrográficas y de la oposición de las comunidades”, dijo Sánchez. “No hubo un estudio preliminar que indicara que la cuenca produjera tanta agua, y estas concesiones fueron dadas sin tener en cuenta a las personas que usan esa agua”.

El camión se detuvo tras un paseo de 40 minutos a través de carreteras de montaña recién pavimentadas y serpenteantes a una vista por encima de una cerca de cadena con la palabra IDAAN blasonada en la puerta. Las mujeres se quedaron sin aliento al ver qué había sido del río que habían amado. Lucharon contra las lágrimas cuando salieron del camión.

La zona ribereña había sido despejada y las colinas que rodeaban el río se habían esculpido en gigantescas escaleras de tierra. El río en sí estaba ahogado por una imponente presa de cemento, un chorrito de agua cayendo en el lecho del río casi seco.

Granda comenzó a hablar a través de sus lágrimas. “Ves la manera en que el poder humano y la ambición de dinero destruyen la naturaleza y destruyen lugares donde la gente disfrutaba venir con sus familias, donde había tranquilidad y paz, y ahora no hay nada”, dijo. “Es lamentable ver la forma en que nuestros ríos se secan y las aguas se agotan. Lamentablemente no piensan en el futuro de nuestros hijos. ¿Qué vamos a tener que dar a nuestros hijos y sus hijos? El gobierno simplemente ha ignorado la comunidad, el llamado de las personas que no quieren estos proyectos de muerte.”

Sin nada que hacer sobre su propio río en este punto, se amontonaron de nuevo en el camión y se dirigieron a la próxima batalla, a otros 30 minutos por la carretera.

Miembros de los Guardianes del Río de Paraíso posan frente a una de las piezas de maquinaria pesada que bloquearon con su campamento. (Tracy L. Barnett)
Miembros de los Guardianes del Río de Paraíso frente a una de las piezas de maquinaria pesada que bloquearon con su campamento. (Tracy L. Barnett)

Problemas en el Paraíso

Refugiados del abrasador sol de medio día bajo un toldo, los Guardianes del Río se encontraban amontonados en torno a una radio cuando Sánchez y los demás llegaron. Uno de sus líderes, el “Maestro” Edidio Bonilla Serrano, daba una entrevista en la radio, explicando lo que había sucedido aquí: Una empresa de represas hidroeléctricas había obtenido permiso para poner un tubo de ocho pies por el medio de este barrio rural para poder transportar el agua de su precioso Río Piedra a un proyecto hidroeléctrico en otra cuenca.

Este fue el pueblo de Paraíso, que atrae a visitantes de todo el mundo para disfrutar de los exuberantes bosques que lo rodean, las brisas de las montañas que lo refrescan, y el cristalino Río Piedra que corre a lo largo de su borde. Todos los cuales están bajo ataque de uno de los contratistas más poderosos del país. Y aquí un pequeño grupo de residentes locales están tomando una posición, acampando en el medio de lo que solía ser un camino de campo sombrío, ahora despojado de sus grandes árboles antiguos, sofocante en el calor tropical del verano.

Ellos habían instalado el campamento 41 días antes, el 10 de marzo, el día de la visita, un día que ninguno de los presentes olvidaría nunca.

Los residentes han recogido piezas de alfarería intactos y cientos de pedazos de estas piezas, que ellos creen que datan de tiempos ancestrales, y un gran petroglifo se encuentra a 45 metros del lugar de construcción. El Instituto Nacional de Cultura se encuentra actualmente investigando el caso. (Tracy L. Barnett)
Los residentes han recogido piezas de alfarería intactos y cientos de pedazos de estas piezas, que ellos creen que datan de tiempos ancestrales, y un gran petroglifo se encuentra a 45 metros del lugar de construcción. El Instituto Nacional de Cultura se encuentra actualmente investigando el caso. (Tracy L. Barnett)

Estaban allí para detener las palas mecánicas y otros equipos pesados ​​que estaban estacionados en el camino. Sobre la mesa había una gran colección de fragmentos de alfarería, pruebas que se estaban preparando para presentar al Instituto Nacional de Cultura, junto con fotos del petroglifo que se encuentra a 45 metros del sitio de la presa.

No se había realizado ninguna inspección del sitio para investigar la presencia de los restos arqueológicos, dicen, y una evaluación de impacto ambiental estaba llena de irregularidades. El grupo estaba acampado junto al amplio bosque propiedad de Rosa Sánchez, una maestra y madre de dos chicos, que dijo haber estado ausente en su Chile natal cuando los contratistas descendieron, cortando su cerca y 15 árboles. Ella y su esposo habían cuidado esmeradamente aquellos árboles y todos los otros que habían plantado en su tierra reforestada. Pero ahora, como el resto de sus vecinos, estaban luchando para mantener el refugio que habían creado.

Su vecino es Mishael Rivera, un guía de la naturaleza al que apodan el Encantador de las Aves. Mishael, que creció cerca de las orillas del Río Piedra, participa en el conteo anual de aves de la Universidad de Cornell, y ha atraído más de 200 colibríes a la vez en su patio trasero, con hasta 25 especies diferentes documentadas – más que cualquier otro lugar en Panamá. Los colibríes son sensibles, sin embargo, y casi han desaparecido con el ruido de la construcción.

Rosa, Mishael y media docena de vecinos acompañaron a sus visitantes en un recorrido por la devastación. Los vecinos llevaban paraguas para protegerlos del sol y recordaban los árboles que solían estar allí: un enorme cedro, una jacaranda, un roble.

Pronto la escena se abrió a una vasta zanja en la tierra, donde se encontraban dos grandes retrocargadoras y una flota de camiones volquete. Ellos habían escarbado a través de una ladera y utilizaron el relleno para cubrir los árboles cortados y nivelar el valle en una plataforma enorme – parte de camino, parte base de operaciones, parte entrada a lo que iba a ser una presa. El grupo se paró en el borde y miró unos 15 metros hacia abajo a la pila de escombros en el borde de los humedales y el río por debajo. Más abajo, un manantial había sido arrasado y un chorro de agua se abría camino a través del barro.

Las mujeres recorrieron la excavación y recolectaron más fragmentos de cerámica mientras Misael se dirigía hacia el río, donde una sección del bosque había sido excavada por razones que no estaban del todo claras, ya que el sitio de la presa estaba más río abajo. Se paró en medio del montón de árboles, lanzado como si fueran palillos de fósforo, y contó las diferentes especies de orquídeas, helechos y musgos que se encontraban secándose al sol.

Repentinamente llegó la noticia de que el contratista se dirigía hacia allá  y amenazaba con abrirse camino con su equipo hasta el campamento.

Mujeres del grupo Guardianes del Río, recolectando trozos de alfarería en el lugar de construcción, protegiéndose del cruel sol con sombrillas. (Tracy L. Barnett)
Mujeres del grupo Guardianes del Río, recolectando trozos de alfarería en el lugar de construcción, protegiéndose del cruel sol con sombrillas. (Tracy L. Barnett)

El grupo se apresuró a regresar a través de los humedales y el sitio de construcción –Misael identificando pájaros por todo el camino.  Al llegar encontraron un equipo de la empresa de construcción en una intensa discusión con los activistas. Exigieron que se les permitiera retirar el equipo; el grupo se negó, diciendo que temían que el equipo entraría a través de otra área y continuaría el trabajo.

– Su queja no es con nosotros -dijo Damaris en un momento. “Es con el gobierno, que nunca debería haber aprobado este proyecto para empezar.”

El enfrentamiento continuó  por horas, hasta que los miembros del equipo de la construcción regresaron, chocaron la puerta con una camioneta hasta que cayó, y pasó encima de la cerca, atropellando las pancartas que colgaban de ella – incluyendo, para la ira de los Guardianes del Río, una bandera panameña.

Todo el episodio terminó con Mishael siendo golpeado en el ojo por tomar fotos del incidente. La policía finalmente respondió, pero se negó a presentar cargos.

Después esa misma noche, haciendo sobremesa con una taza de té y un pan, Rosa reflexionó sobre todo el episodio. Los momentos de paz antes de que comenzara la construcción parecían un recuerdo lejano.

“Ni siquiera sabíamos que éramos felices”, dijo tristemente. “Lo único bueno de esto es que ahora sabemos por qué tenemos que luchar. Pero ahora tendremos que recuperarlo para poder tenerlo de nuevo. ”

El petroglifo de Paraíso, cubierto con misteriosas inscripciones del pasado, se encuentra a 45 metros del lugar de construcción. (Jonathan González Quiel)
El petroglifo de Paraíso, cubierto con misteriosas inscripciones del pasado, se encuentra a 45 metros del lugar de construcción. (Jonathan González Quiel)

Para la “Hermana Tita” López, escuchar sobre estas luchas en el distrito que fue su hogar provoca tristes recuerdos. El escenario ha cambiado, pero la historia sigue siendo la misma; ahora le preocupa que la comunidad Ngäbe con la que trabaja está siendo inundada por un proyecto de represa en su área.

El asesinato el año pasado en Honduras de Berta Cáceres, la internacionalmente reconocida activista anti presas hidroeléctricas- quien para López y muchos otros era un modelo de resistencia – trajo de vuelta el problema de una manera espeluznante. Panamá está lejos del nivel de violencia en que se ha sumergido Honduras, dice, pero le preocupa que pueda ponerse igual.

“Yo como una hermana estoy defendiendo un movimiento muy similar al de los ‘80s con activistas siendo perseguidos en toda la región de Centroamérica” dice. “Cuando los Delegados de la Palabra fueron asesinados fue porque se opusieron a las fuerzas militares y a los gobiernos que utilizan las fuerzas militares para reprimir cualquier movimiento o manifestación en defensa de los derechos. Ahora yo día que el enfoque de nuestro activismo ambiental debería ser en defensa de los derechos humanos — porque los derechos al agua y a la tierra son derechos fundamentales.”

Una gran parte del problema, dice, es que la gente no hace la conexión entre su estilo de vida materialista y consumista y sus impactos en tierras lejanas – en parte debido a los intereses de las industrias extractivas, y en parte porque ese modelo ha sido exportado a países como Panamá, donde la gente aspira a tener el mismo estilo de vida.

“La gente necesita mirar alrededor y ver el costo de mantener este sistema, explotando los bienes naturales… al punto de sacrificar vidas,” dice “millones y millones y millones de personas en el mundo son afectadas, y ellos tienen que darse cuenta de que es una locura porque es un sistema que acaba con las vidas de gente en otras partes del mundo para que ellos puedan tener sus comodidades.”

Tracy L. Barnett es una escritora, editora y fotógrafa independiente especializada en asuntos ambientales, derechos indígenas y viaje sustentable.

Este artículo está republicado con permiso de Global Sisters Report.