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Otros sabores, otros colores: Transición en México

Tracy L. Barnett
Magis

En 2010, Raúl Vélez, fundador de la Ruta Ahimsa, escuchó de la primera Aldea de Transición en México, fundada en Ensenada, Baja California, por el estadunidense Robert Frey. Vélez aceptó la invitación para visitar el proyecto, más por el gusto de conocer Baja California, que para aprender acerca de la Transición.

“De hecho, era bastante escéptico”, recuerda Vélez. “Pensé, bueno, vivo en un país que fue colonizado por la cultura europea y por el estilo de vida gringo… Otro concepto importado que ahora necesitamos aplicar y cambiar nuestra manera de hacer las cosas…”.

Tres semanas después de la visita de Vélez a Ensenada, Frey fue asesinado en su casa. En las semanas que siguieron a la tragedia, Vélez recordó que Frey lo animaba a replicar el modelo en Querétaro y sintió que debía continuar su trabajo. Así nació el grupo de Transición Querétaro, aunque Vélez, a pesar de su respeto por Frey, no había superado su resistencia a dejarse guiar por las potencias coloniales.

En 2012 viajó a Totnes —que él llamaba la “Disneylandia de Transición”— para tomar el curso de capacitación. Quería entrevistar a Hopkins, pero no esperaba gran cosa, pues a esas alturas ya era una celebridad mundial. Sin embargo, consiguió su número de teléfono, lo llamó desde su celular mexicano y dejó un recado solicitando la entrevista. Hopkins le devolvió la llamada. No dejaba de disculparse porque su agenda estaba llena. “¿Cuándo te vas?”, le preguntó a Vélez. “El lunes a las 6:00…”. “Te veo en la estación de tren a las 5:15”.

Vélez recuerda que Hopkins llegó a la estación a la hora convenida, pedaleando su bicicleta, y le concedió una animada entrevista antes de que partiera su tren de regreso. “Rob Hopkins es una de los pocas personas que he conocido que, a pesar de ser un referente y estar adelantado a su tiempo, mantiene los pies en la tierra”, asegura.

La capacitación que recibió dejó a Vélez con la sensación de que Totnes no era tan diferente a Querétaro, en el sentido de que donde hay gente trabajando para desarrollar un futuro más sustentable, el optimismo es el mismo. “Sentí que mis prejuicios fueron disminuyendo; me di cuenta de que fue una herramienta de otras culturas que nos están ofreciendo”, concluyó. “Yo dejé semillas de lo que platiqué de los zapatistas y traje otras semillas del pragmatismo, para ponerlas en práctica acá”.

Vélez acabó asumiendo el reto de traducir el Movimiento de Transición al contexto latinoamericano y se convirtió en coordinador de enlace de Transición para México. Ha dado capacitación en todo el país y en toda América Latina.

En México, el grupo de Transición más activo ha sido el de Querétaro; ha organizado tequios, o intercambios de trabajo, para instalar y rehabilitar huertos en las casas de los integrantes del grupo y de otras organizaciones. Ha promovido la construcción de hornos de adobe para hacer pan y pizza en los cafés o restaurantes y se formó un grupo de trueque que al principio se organizaba desde la página Facebook de Ruta Ahimsa; con el tiempo, un café, El Viejo Varsovia, lo adoptó y lanzó un mercado de trueque muy popular cada miércoles en la plaza que le quedaba enfrente.

En Querétaro, Vélez observó tres principios muy importantes: primero, que no hay fronteras entre lo que es Transición y otros proyectos; lo que importa es que los proyectos se hagan. De hecho, lo que se llama Transición en otros países, es lo que se llama zapatismo en México y Buen Vivir en Bolivia. “Lo más importante es la cosecha, que juntos hagamos cosas para la vida sin petróleo”, dice Vélez.

Segundo, que para tener un movimiento exitoso, uno tiene que planear su salida desde el principio: Vélez se fue a vivir a Tepoztlán hace casi dos años y el grupo de Querétaro sigue fuerte, con más de cincuenta personas involucradas. La tercera lección es que lo pequeño y auténtico es mejor.

“Una vez que nos olvidamos de la expectativa de hacer algo grande y nos abocamos a realizar proyectos concretos —el centro del mensaje de Rob Hopkins: El Poder de Simplemente Hacer Cosas—, fue muy fácil colaborar con la comunidad en el ámbito local. “Cuando las cosas crecen, no las puedes controlar, no las puedes dirigir; si el movimiento de Transición crece mucho, el sistema se lo va a comer; en cambio, si crece poquito pero se multiplica con otros nombres y otros colores, si el zapatismo crece con otros nombres y otros colores, y el buen vivir crece con otros nombres y otros colores, es como un fuego imposible de apagar”.